jueves 10 de septiembre de 2009

Dios y el asceta

A media noche el que quería ser asceta anunció:

‘Ha llegado el momento de abandonar mi casa y buscar a Dios. Ay, ¿quién me ha retenido aquí tanto tiempo en el engaño?’

Dios susurró: ‘Yo.’ Pero los oídos del hombre estaban taponados.

Con un niño dormido al pecho estaba su mujer, durmiendo pacíficamente en un lado de la cama.

El hombre dijo: ‘¿Quiénes me han engañado tanto tiempo?’

De nuevo dijo la voz: ‘Ellos son Dios.’ Pero él no oyó.

El niño gritó en su sueño, apretándose más contra su madre.

Dios ordenó: ‘Alto, loco, no dejes tu casa.’ Pero él siguió sin oír.

Dios suspiró y se lamentó: ‘¿Por qué mi servidor cree buscarme cuando se aleja de mí?’

Rabindranz Tagore, El jardinero

El loco errante

Un loco errante buscaba la piedra filosofal, con los mechones de pelo apelmazados, leonados y cubiertos de polvo y el cuerpo reducido a sombra, los labios fuertemente apretados como las cerradas puertas de su corazón y los ojos ardientes como la lámpara de un gusano de luz buscando pareja.

Ante él rugía el océano infinito.

Las gárrulas olas hablaban incesantes de escondidos tesoros, burlándose de la ignorancia que desconocía su sentido.

Tal vez no le quedaba ninguna esperanza, pero no quería descansar, porque buscar se había vuelto su vida.

Como el océano que siempre tiende sus brazos al cielo para coger lo inalcanzable.

Como las estrellas que, en círculo, aún van a la búsqueda de una meta que jamás podrá ser alcanzada.

Así, sobre la playa solitaria, el loco de los polvorientos mechones leonados seguía vagando en busca de la piedra filosofal.

Un día un muchacho de la aldea se acercó a preguntarle: ‘Dime, ¿dónde has encontrado esa cadena de oro que llevas al pecho?’

El loco miró: la cadena que hasta entonces había sido de hierro era realmente de oro; no era un sueño, pero no supo cuándo se había producido el cambio.

Se golpeó salvajemente la frente: ¿dónde, oh, dónde sin darse cuenta lo había conseguido?

Tenía una costumbre, cogNegritaer piedrecillas y golpear con ellas la cadena, y tirarlas luego sin mirar siquiera si se había producido un cambio; así el loco encontró y perdió la piedra filosofal.

El sol estaba hundiéndose por el oeste, el cielo era de oro.

El loco volvió sobre sus pasos para buscar de nuevo el tesoro perdido, con la fuerza ida, el cuerpo roto, y su corazón en el polvo, lo mismo que un árbol desarraigado.

Rabindranaz Tagore, El jardinero

martes 12 de mayo de 2009

El caballo del sha

Cuentan que en tiempos hubo en Shiraz un sha apocado y suspicaz. No se atrevía a enviar a su hijo como gobernador de Isfahán porque lo aterrorizaba la idea de que sus enemigos lo derrocaran y lo entronizaran en su lugar; así que lo encarceló en la más remota habitación del palacio. Allí el heredero vivió preso treinta y un años, en una habitación desde la que no veía patios ni jardines, creciendo entre libros, y cuando su padre murió, cuando le llegó la hora y él ascendió al trono, dijo: ‘Por Dios, traedme un caballo gris de palacio y el nuevo sha sufrió una terrible decepción al ver que tenía unos ollares como chimeneas, un culo indecente, un pelo que no relucía como los de las pinturas y un lomo burdo y ordenó que mataran a todos los caballos del país. Al final de aquella cruel masacre, que duró cuarenta días, los ríos de la nación corrían tristes y del color de la sangre. Al final se impuso la justicia divina y este nuevo sha fue derrotado por los ejércitos de su enemigo el señor turcomano de las Ovejas Negras porque se había quedado sin caballería y fue ejecutado por descuartizamiento; tal y como ocurre en los libros, la sangre derramada de los caballos no quedó sin vengar.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

Cuento Siriaco

Un anciano solitario se despierta una noche, se levanta y va a beber un vaso de agua. Se dispone a colocar el vaso en una mesa cuando ve que allí no está la vela. ¿Dónde está? Desde el interior de la casa se filtra una luz tenue como un hilo. La sigue volviendo sobre sus pasos hasta su dormitorio, entra en él y ve a alguien acostado en su cama con la vela en la mano. ‘¿Quién eres?’, le pregunta. ‘La Muerte’, responde el extraño. El anciano se sumerge en un silencio enigmático y luego dice: ‘Así que has venido’. ‘Sí’, contesta la Muerte, alegre. Pero el viejo responde decidido: ‘No, eres un sueño que he dejado a medias’. En ese momento sopla la vela que sostiene el extraño y todo se hunde en la oscuridad. El anciano se acuesta en su cama vacía y se duerme. Vive veinte años más.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

El que vagaba en las batallas

¿Cómo son el Cielo y el Infierno? ¿Qué es lo que ves allí? ¿Cómo es la muerte? (…) Contaban una historia de un hombre que movido simplemente por dicha curiosidad se dedicaba a vagar entre cadáveres por sangrientos campos de batalla… A aquel hombre que buscaba entre los guerreros agonizantes alguno que hubiera muerto y resucitado y pudiera desvelarle el secreto del otro mundo, los soldados de Tamerlán lo tomaron por un enemigo y lo partieron en dos de un solo tajo y él creyó que a uno lo parten en dos en el otro mundo.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

martes 16 de diciembre de 2008

Hijo del alma (Fragmento)

-De donde tú has vuelto, no se vuelve…

Emilia Pardo Bazán, Hijo del alma

La posada del mal hospedaje (Fragmento)

Estas cosas hacen éstos muchas veces porque no pueden ofender a los hombres de otra manera que con estos efectos ridiculosos e inútiles, constreñidos y ligados del infinito poder de Dios. Éstos se llaman en la lengua italiana foletos y en la española trasgos, que cuyos rumores, juegos y burlas cuenta Guillermo Totani, en su libro De Bello Demonum, algunos ejemplos, llamándolos espíritus de de la menos noble jerarquía. Casiano escribe de aquellos que habitan en la Noruega, a quien el vulgo llama paganos, que ocupando los caminos, juegan y burlan a los que pasan por ellos de día y de noche. Michael Psello pone seis géneros de éstos: ígneos, aéreos, terrestres, acuátiles, subterráneos y lucífogos. En él se pueden ver sus propiedades. Jerónimo Menchi cuenta de un espíritu que, agradado de un mancebo, le servía y le solicitaba en varias formas, y hurtando dineros le pagaba algunas cosas que le agradaban; sin éste pone otros muchos, sus daños, sus burlas, sus amores, sus vanas ilusiones y sus remedios.

Lope de Vega, La posada del mal hospedaje

El reflejo

Todo en el mundo está dividido en dos partes, de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquello visible no es sino el reflejo de lo invisible.

Zohar, I, 39

El más corto cuento cruel

Desfile patriótico. Cuando pasa la bandera, un espectador permanece sin descubrirse. La muchedumbre rezonga, luego grita: “¡El sombrero!” y se lanza contra el recalcitrante, persiste en menospreciar el emblema nacional. Algunos patriotas le darán su merecido… Se trataba de un gran mutilado de guerra que tenía amputado los dos brazos.

Villiers de I’Isle-Adam

Corto informe de un suceso

Un hombre que estaba parado contemplando la luna, en una hermosa noche, de pronto comienza a dar gritos sin apartar sus ojos del luminoso disco:
-¡¡La luna apesta!!¡¡La luna apesta!!
Repitió lo mismo varias veces y por fin deja de mirar la luna y sigue su camino. Cuando se halla lejos, la luna mira al sitio donde estuvo contemplándola el hombre y escupe desdeñosamente sobre un pescado muerto que estaba abandonado allí.

Gonzalo Suárez

El sueño de Melania

Yo iba por la nieve, creo, en un carro arrastrado por caballos. La luz era ya sólo un punto; me parecía que se acababa. La Tierra se había salido de la órbita y nos alejábamos más y más del Sol. Pensé: “Es la vida que se apaga”. Cuando desperté, mi cuerpo estaba helado. Pero hallé consuelo porque un piadoso cuidaba de mi cadáver.

Gastón Padilla, Memorias de un prescindible, (1974)

No hay reclamo

Dios no castiga a nadie sin antes haberle avisado.

Orígenes

El cuento soñado

¿… Y si, como yo soñé haber escrito este cuento, quien lo lee ahora simplemente sueña que no lo lee?

Álvaro Menén Desleal, Cuentos breves y maravillosos

La creación de Eva

Ésta se llamará varona porque del hombre ha sido tomada (Génesis)

Adán se sintió invadido por un profundo sopor. Y durmió. Durmió largamente, sin soñar en nada. Fue un largo viaje en la oscuridad. Cuando despertó, le dolía el costado. Y comenzó su sueño.

Álvaro Menén Desleal, Cuentos breves y maravillosos

El sastre desahuciador

Iba a morirse.
No se le notaba. Hacía equilibrios con su paso y miraba las tiendas. ¡Hasta las sombrerías!
Él sabía que iba a morirse, pero quería hacer una prueba decisiva. ¿Ir a un médico? No. Los médicos no saben nunca cuándo va a morirse un enfermo, y más si lo reciben de sopetón.
En una vista repentina sólo dicen al enfermo:
“¡Vamos! No sea usted aprensivo… De eso no se muere usted.” El enfermo se muere bajando la escalera.
Pensó en su sastre. Los sastres saben cuándo un hombre está desahuciado y no le adelantan la última tela. Tomó un taxi.
El sastre le recibió sin acabarle de mirar, porque los sastres no miran hasta que no saben qué va a ser.
-Vengo a hacerme un traje de tela inglesa –dijo.
-¿De tela inglesa? –le preguntó el sastre mirándole fijamente.
-Sí, de tela inglesa –repitió él con energía.
El sastre le volvió a mirar, esta vez con más enseñamiento, haciendo todos sus diagnósticos –sangre, jugo pancreático, esputos, heces, rayos X-, y por fin le dijo:
-Pues no va a poder ser… Estoy muy mal… Me tendría usted que pagar la tela por adelantado y la mitad de la hechura.
Él vio todo lo que aquello significaba, comprendió que era verdad lo que había presentido.
-Bien –dijo sin perder la serenidad-. Ya vendré el día que tenga el dinero… Adiós, hasta uno de estos días.
Salió a la calle. Sentía que llevaba en el bolsillo el certificado de defunción que sólo dan los sastres, seguro, evidente, inmodificable.
Pudo llegar a su casa.
Al poco rato se moría.

Ramón Gómez de la Serna, Caprichos

El turista excepcional

Ser un turista cualquiera no vale la pena, pues todo lo que descubre está como estaba en los libros de estampas.
El turista excepcional sorprendió las cosas en su momento inesperado.
En la celosía del palacio del Arzobispado veía una virreina asomada, a la Torre inclinada de Pisa la veía en ese momento del amanecer en que se despereza y se pone derecha unos instantes y a la Torre Eiffel la había sorprendido en ese momento en que como una jirafa que baja la cabeza se pone a comer hierba en el Campo de Marte.
En Pompeya había sorprendido al poeta de la casa del poeta dramático, escribiendo una tragedia, y al oráculo de Delfos le había oído hablar solo como a un speaker… frente a un micrófono.
Todas esas cosas extraordinarias le sucedían al turista excepcional cuando iba solo y por eso nadi le creía sus cuentos de viaje.
Él, sin embargo, no podía por menos le sucedían al turista excepcional cuando iba solo y por eso nadie le creía sus cuentos de viaje.
Él, sin embargo, no podía por menos de contar sus hallazgos fantásticos:
-Una vez en Londres sorprendía al reloj de Westminster cuando se bebe un vaso de whisky pasada la medianoche.
-Una vez en Japón vi cómo los bambúes se paseaban como ibis verdes y pescaban ranas por su cuenta…
Todos sonreían al oír los cuentos del turista excepcional, pero a él le quedaba la satisfacción íntima de saber que todo aquello que contaba era cierto y seguía haciendo sus viajes de explorador de todo lo inaudito.

Ramón Gómez de la Serna, Caprichos

Cleptómana de cucharillas

Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.
Es ésa una cleptomanía corriente sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similar, para evitar que se llevasen tan costoso “recuerdo de S.M.”
Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles –con el escudo en el agarradero-, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.
Un día, sin poder resistir mi curiosidad, le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas.
Entonces la cleptómana me dijo en voz baja:
-Vengarme del mundo… Dejarlo sin una cucharilla… Que muevan el café con tenedor.

Ramón Gómez de la Serna, Caprichos

Suele suceder

Mi hijo estaba llorando mi muerte. Lo veía reclinado sobre mi féretro. Quería correr para decirle que no era verdad, que se trataba de otra persona, quizás absolutamente parecida, mas no podía por el cocodrilo. Estaba ahí delante, en el zanjón, listo para tragarme. Yo gritaba con todas mis fuerzas; y los veloriantes, en lugar de avisarle, me miraban con reproche, quizá porque azuzaba a la fiera y temían ser atacados ellos mismos. Clide era el único que no me veía ni oía. Cuando llegó el hombre de la funeraria con una caja parecía un violista, pero sacó un soplete. Si fuera cierto, todo estaría perdido, pensé; me enterrarían vivo y no podría explicar nada. Los vecinos quisieron apartarlo, por ser el momento más penoso, pero él se agarraba al cajón. El hombre empezó a soldar la tapa por el lado de los pies y ya no pude más: cerré los ojos y corrí a la zanja sin importarme una muerte segura. Después, sólo recuerdo un golpe en la barbilla. Algo como un raspón de la piel contra un filo. Quizás el roce contra uno de los dientes. Cuando sentí el calor de la soldadura y desperté y comprendí todo. Clide tenía razón: yo estaba muerto. La misma sala, la misma gente. Mi pobre hijo seguía allí. El soplete roncaba a la altura de mi pantorrilla. El empleado levantó el extremo libre de la tapa, sacó el pañuelo y me enjugó la sangre de la herida. “Suele suceder –dijo-. A causa del soplete.”

Jorge Alberto Ferrando, Palo a pique (1975)

La prueba

Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?

S. T. Coleridge

Historia de los dos reyes y los dos laberintos

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban y se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró el socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que én en Arabia tenía un laberinto mejor, y que si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso”.
Luego desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde pereció de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.

Richard F. Burton, nota agregada a Las mil y una noches