miércoles 28 de abril de 2010

Escritura

A edad temprana, Hideo Takawa comprendió que le daba lo mismo vivir que morir. El maestrozen que visitaba le sugirió que, si decidía cortar su vida, por deferencia debería escribir mensajes de despedida a sus familiares y amigos.

Takawa cumplió ayer 82 años. Y apenas se dio cuenta que ya habían muerto todos aquellos que podrían haberlo recordado. A nadie le pudo enviar su adiós. Hoy escribe un tratado sobre la soledad.


José Antonio Hernández

lunes 4 de enero de 2010

El imitador

Cuentan de un maestro budista que cuando se le preguntaba qué era el budismo se limitaba a levantar el dedo índice sin pronunciar palabra. Así evitaba perderse en abstracciones inútiles. Uno de sus discípulos observó durante semanas la extraña respuesta del mentor. Un día acudió un visitante al monasterio y, no encontrando al maestro, le preguntó al discípulo qué era el budismo. Éste, en respuesta, levantó el dedo en el aire. Pero el mentor no estaba lejos y le vio, así que le hizo llamar y le preguntó:

-¿Qué es el budismo?

Automáticamente, el aprendiz levantó el dedo. Entonces el mentro se lo rebanó con una navaja. Casi desmayándose de dolor, el discípulo salió corriendo, pero su maestro le gritó:

-¡Detente! ¡Vuelve aquí!

El discípulo obedeció y el maestro repitió la pregunta.

Al intentar repetir el gesto, el joven se encontró con el vacío, pues ya no tenía dedo. En ese momento alcanzó la iluminación.


Ramiro Calle (Ed.), Cuentos del lejano oriente

El dilema

Un grupo de iniciados discutían acaloradamente sobre si existía o no el destino. No se ponían de acuerdo y las posturas eran cada vez más radicales. Entonces acertó a pasar por allí un sabio y le pidieron que mediara en la disputa exponiéndole el tema de discusión: ¿Destino o voluntad?

-Sois como el cuervo y el búho –dijo apaciblemente el sabio-, cada uno queriendo imponer su punto de vista, si bien para el cuervo el día es el día y para el búho la noche es el día. ¿Por qué os perdéis en actitudes tan extremas?

Los aspirantes de sintieron desconcertados y un poco avergonzados.

-Os voy a contar una historia. He aquí que se trataba de un fabuloso zapatero, el mejor que pudiera imaginarse. Fabricaba los zapatos más hermosos y cómodos, pero nació en un país donde los hombres carecían de pies. Eso es destino. Pero el hombre no se aminaló. Era muy sagaz, así que todas sus energías y su destreza, ¿para qué creéis que las utilizó?

Los aspirantes se miraron unos a otros sin saber qué responder.

-Pues las utilizó para fabricar magníficos guantes, porque en ese país los hombres sí tenían manos. Eso es voluntad.

El sabio partió. Los aspirantes siguieron polemizando sobre el destino o el libre albedrío, pero sus posturas ya no eran radicales.


Ramiro Calle (Ed.), Cuentos del lejano oriente

El concurso de natación

Los mejores nadadores del reino se reunieron para celebrar un concurso. Iban a llevarlo a cabo en el seno de un caudaloso río, cuyas aguas, por lo general, eran tranquilas. Se había fijado una considerable distancia para hacer la carrera a nado.

Dos días antes de la prueba, se desencadenaron violentos temporales. Por esta razón el río, por lo general un remanso, se había vuelto tumultuoso y la corriente era muy fuerte. Pero como la prueba estaba convocada se decidió no suspenderla. Los cuatro mejores nadadores se arrojaron a las aguas y comenzaron a nadar. Sin embargo, ¡qué curioso!, alguien más se había unido a ellos; probablemente habría saltado sin que le vieran. Las aguas estaban muy revueltas. Uno de los nadadores chocó contra un tronco, se partió un dedo de la mano y tuvo que abandonar; otro se hizo una brecha con una roca y también tuvo que dejar la carrera. Un tercero fue arrastrado por un remolino del que le costó tanto esfuerzo salir que, exhausto, se retiro de la prueba. El cuarto nadador sufrió un calambre mientras luchaba contra la corriente y tuvo que ser rescatado. Pero el quinto, el desconocido que nadie había visto saltar, nadaba apaciblemente: ora flotaba, ora buceaba; a veces se dejaba llevar hacia un lado del río y otras, hacia el otro; unas veces la corriente le sumergía y otras le cambiaba el rumbo; pero el hombre seguía nadando con soltura, sorprendiendo a todos con el fabuloso estilo de sus brazadas.

Llegó a la meta y fue recibido entre vítores y aplausos. Se le concedió el primer premio y se le felicitó con calor. Pero ¿de dónde venía?, ¿a qué escuela pertenecía?, ¿cuánto tiempo se había entrenado para la prueba?, ¿cuál era su nombre? Ni siquiera los organizadores del concurso sabían nada de él. Cuando le pidieron que se identificara el hombre dijo:

-Soy un simple campesino. Iba distraído y me caí al río. Entonces, me dejé llevar por las aguas, sin poner resistencia, tratando de fundirme con la corriente y de seguir con naturalidad su curso.

Todos se quedaron perplejos, no comprendían que si los otros nadadores habían fracasado era por intentar ir contra de las aguas. Aunque los organizadores quisieron recuperar el dinero, las gentes sencillas del pueblo se negaron a ello y lograron que se lo quedara el campesino, quien no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, pero que, gracias a ese raro incidente al que nunca hallaría explicación, pudo comprarse un bote.


Ramiro Calle, Cuentos del lejano oriente

Parábola de Diógenes

“¿Qué dos cosas me pedirías?”, preguntó el rey al sabio. “Una, dejar que diga la verdad; otra, un caballo para salir corriendo.”


Carlos Díaz, Prudencia temperada

Parábola de los dos gatos y el mono

Dos gatos se peleaban por la comida que robaban. Por fin llamaron al mono para que hiciese de juez en el reparto. El mono dividió la comida en dos partes iguales. Luego se sentó, examinó primero una parte y después otra, dijo que quizá una parte era algo mayor que la otra. Quitó de ella un poco y se la comió. Cuando las examinó de nuevo le entraron sospechas de que quizás había quitado demasiado y con ello las porciones siendo desiguales. Quitó de nuevo un poco de la porción mayor, y se la comió. Y así continuó, pues siempre que quitaba algo necesitaba igualarlo, con lo que la comida disminuía progresivamente.

A la vista de lo sucedido, y temiendo los gatos quedarse sin nada, dijeron al mono que parase de comer, y que ellos mismos se arreglarían entre sí, a lo que el mono replicó: ‘no tengan prisa amigos. Cualquiera que sea el resultado, lo que queda de la comida son mis honorarios. El caso está acabado. No vuelvan a pelearse.”


Carlos Díaz, Prudencia temperada

jueves 10 de septiembre de 2009

Dios y el asceta

A media noche el que quería ser asceta anunció:

‘Ha llegado el momento de abandonar mi casa y buscar a Dios. Ay, ¿quién me ha retenido aquí tanto tiempo en el engaño?’

Dios susurró: ‘Yo.’ Pero los oídos del hombre estaban taponados.

Con un niño dormido al pecho estaba su mujer, durmiendo pacíficamente en un lado de la cama.

El hombre dijo: ‘¿Quiénes me han engañado tanto tiempo?’

De nuevo dijo la voz: ‘Ellos son Dios.’ Pero él no oyó.

El niño gritó en su sueño, apretándose más contra su madre.

Dios ordenó: ‘Alto, loco, no dejes tu casa.’ Pero él siguió sin oír.

Dios suspiró y se lamentó: ‘¿Por qué mi servidor cree buscarme cuando se aleja de mí?’

Rabindranz Tagore, El jardinero

El loco errante

Un loco errante buscaba la piedra filosofal, con los mechones de pelo apelmazados, leonados y cubiertos de polvo y el cuerpo reducido a sombra, los labios fuertemente apretados como las cerradas puertas de su corazón y los ojos ardientes como la lámpara de un gusano de luz buscando pareja.

Ante él rugía el océano infinito.

Las gárrulas olas hablaban incesantes de escondidos tesoros, burlándose de la ignorancia que desconocía su sentido.

Tal vez no le quedaba ninguna esperanza, pero no quería descansar, porque buscar se había vuelto su vida.

Como el océano que siempre tiende sus brazos al cielo para coger lo inalcanzable.

Como las estrellas que, en círculo, aún van a la búsqueda de una meta que jamás podrá ser alcanzada.

Así, sobre la playa solitaria, el loco de los polvorientos mechones leonados seguía vagando en busca de la piedra filosofal.

Un día un muchacho de la aldea se acercó a preguntarle: ‘Dime, ¿dónde has encontrado esa cadena de oro que llevas al pecho?’

El loco miró: la cadena que hasta entonces había sido de hierro era realmente de oro; no era un sueño, pero no supo cuándo se había producido el cambio.

Se golpeó salvajemente la frente: ¿dónde, oh, dónde sin darse cuenta lo había conseguido?

Tenía una costumbre, cogNegritaer piedrecillas y golpear con ellas la cadena, y tirarlas luego sin mirar siquiera si se había producido un cambio; así el loco encontró y perdió la piedra filosofal.

El sol estaba hundiéndose por el oeste, el cielo era de oro.

El loco volvió sobre sus pasos para buscar de nuevo el tesoro perdido, con la fuerza ida, el cuerpo roto, y su corazón en el polvo, lo mismo que un árbol desarraigado.

Rabindranaz Tagore, El jardinero

martes 12 de mayo de 2009

El caballo del sha

Cuentan que en tiempos hubo en Shiraz un sha apocado y suspicaz. No se atrevía a enviar a su hijo como gobernador de Isfahán porque lo aterrorizaba la idea de que sus enemigos lo derrocaran y lo entronizaran en su lugar; así que lo encarceló en la más remota habitación del palacio. Allí el heredero vivió preso treinta y un años, en una habitación desde la que no veía patios ni jardines, creciendo entre libros, y cuando su padre murió, cuando le llegó la hora y él ascendió al trono, dijo: ‘Por Dios, traedme un caballo gris de palacio y el nuevo sha sufrió una terrible decepción al ver que tenía unos ollares como chimeneas, un culo indecente, un pelo que no relucía como los de las pinturas y un lomo burdo y ordenó que mataran a todos los caballos del país. Al final de aquella cruel masacre, que duró cuarenta días, los ríos de la nación corrían tristes y del color de la sangre. Al final se impuso la justicia divina y este nuevo sha fue derrotado por los ejércitos de su enemigo el señor turcomano de las Ovejas Negras porque se había quedado sin caballería y fue ejecutado por descuartizamiento; tal y como ocurre en los libros, la sangre derramada de los caballos no quedó sin vengar.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

Cuento Siriaco

Un anciano solitario se despierta una noche, se levanta y va a beber un vaso de agua. Se dispone a colocar el vaso en una mesa cuando ve que allí no está la vela. ¿Dónde está? Desde el interior de la casa se filtra una luz tenue como un hilo. La sigue volviendo sobre sus pasos hasta su dormitorio, entra en él y ve a alguien acostado en su cama con la vela en la mano. ‘¿Quién eres?’, le pregunta. ‘La Muerte’, responde el extraño. El anciano se sumerge en un silencio enigmático y luego dice: ‘Así que has venido’. ‘Sí’, contesta la Muerte, alegre. Pero el viejo responde decidido: ‘No, eres un sueño que he dejado a medias’. En ese momento sopla la vela que sostiene el extraño y todo se hunde en la oscuridad. El anciano se acuesta en su cama vacía y se duerme. Vive veinte años más.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

El que vagaba en las batallas

¿Cómo son el Cielo y el Infierno? ¿Qué es lo que ves allí? ¿Cómo es la muerte? (…) Contaban una historia de un hombre que movido simplemente por dicha curiosidad se dedicaba a vagar entre cadáveres por sangrientos campos de batalla… A aquel hombre que buscaba entre los guerreros agonizantes alguno que hubiera muerto y resucitado y pudiera desvelarle el secreto del otro mundo, los soldados de Tamerlán lo tomaron por un enemigo y lo partieron en dos de un solo tajo y él creyó que a uno lo parten en dos en el otro mundo.

Orhan Pamuk, Me llamo Rojo

martes 16 de diciembre de 2008

Hijo del alma (Fragmento)

-De donde tú has vuelto, no se vuelve…

Emilia Pardo Bazán, Hijo del alma

La posada del mal hospedaje (Fragmento)

Estas cosas hacen éstos muchas veces porque no pueden ofender a los hombres de otra manera que con estos efectos ridiculosos e inútiles, constreñidos y ligados del infinito poder de Dios. Éstos se llaman en la lengua italiana foletos y en la española trasgos, que cuyos rumores, juegos y burlas cuenta Guillermo Totani, en su libro De Bello Demonum, algunos ejemplos, llamándolos espíritus de de la menos noble jerarquía. Casiano escribe de aquellos que habitan en la Noruega, a quien el vulgo llama paganos, que ocupando los caminos, juegan y burlan a los que pasan por ellos de día y de noche. Michael Psello pone seis géneros de éstos: ígneos, aéreos, terrestres, acuátiles, subterráneos y lucífogos. En él se pueden ver sus propiedades. Jerónimo Menchi cuenta de un espíritu que, agradado de un mancebo, le servía y le solicitaba en varias formas, y hurtando dineros le pagaba algunas cosas que le agradaban; sin éste pone otros muchos, sus daños, sus burlas, sus amores, sus vanas ilusiones y sus remedios.

Lope de Vega, La posada del mal hospedaje

El reflejo

Todo en el mundo está dividido en dos partes, de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquello visible no es sino el reflejo de lo invisible.

Zohar, I, 39

El más corto cuento cruel

Desfile patriótico. Cuando pasa la bandera, un espectador permanece sin descubrirse. La muchedumbre rezonga, luego grita: “¡El sombrero!” y se lanza contra el recalcitrante, persiste en menospreciar el emblema nacional. Algunos patriotas le darán su merecido… Se trataba de un gran mutilado de guerra que tenía amputado los dos brazos.

Villiers de I’Isle-Adam

Corto informe de un suceso

Un hombre que estaba parado contemplando la luna, en una hermosa noche, de pronto comienza a dar gritos sin apartar sus ojos del luminoso disco:
-¡¡La luna apesta!!¡¡La luna apesta!!
Repitió lo mismo varias veces y por fin deja de mirar la luna y sigue su camino. Cuando se halla lejos, la luna mira al sitio donde estuvo contemplándola el hombre y escupe desdeñosamente sobre un pescado muerto que estaba abandonado allí.

Gonzalo Suárez

El sueño de Melania

Yo iba por la nieve, creo, en un carro arrastrado por caballos. La luz era ya sólo un punto; me parecía que se acababa. La Tierra se había salido de la órbita y nos alejábamos más y más del Sol. Pensé: “Es la vida que se apaga”. Cuando desperté, mi cuerpo estaba helado. Pero hallé consuelo porque un piadoso cuidaba de mi cadáver.

Gastón Padilla, Memorias de un prescindible, (1974)

No hay reclamo

Dios no castiga a nadie sin antes haberle avisado.

Orígenes

El cuento soñado

¿… Y si, como yo soñé haber escrito este cuento, quien lo lee ahora simplemente sueña que no lo lee?

Álvaro Menén Desleal, Cuentos breves y maravillosos

La creación de Eva

Ésta se llamará varona porque del hombre ha sido tomada (Génesis)

Adán se sintió invadido por un profundo sopor. Y durmió. Durmió largamente, sin soñar en nada. Fue un largo viaje en la oscuridad. Cuando despertó, le dolía el costado. Y comenzó su sueño.

Álvaro Menén Desleal, Cuentos breves y maravillosos