lunes 4 de enero de 2010

El concurso de natación

Los mejores nadadores del reino se reunieron para celebrar un concurso. Iban a llevarlo a cabo en el seno de un caudaloso río, cuyas aguas, por lo general, eran tranquilas. Se había fijado una considerable distancia para hacer la carrera a nado.

Dos días antes de la prueba, se desencadenaron violentos temporales. Por esta razón el río, por lo general un remanso, se había vuelto tumultuoso y la corriente era muy fuerte. Pero como la prueba estaba convocada se decidió no suspenderla. Los cuatro mejores nadadores se arrojaron a las aguas y comenzaron a nadar. Sin embargo, ¡qué curioso!, alguien más se había unido a ellos; probablemente habría saltado sin que le vieran. Las aguas estaban muy revueltas. Uno de los nadadores chocó contra un tronco, se partió un dedo de la mano y tuvo que abandonar; otro se hizo una brecha con una roca y también tuvo que dejar la carrera. Un tercero fue arrastrado por un remolino del que le costó tanto esfuerzo salir que, exhausto, se retiro de la prueba. El cuarto nadador sufrió un calambre mientras luchaba contra la corriente y tuvo que ser rescatado. Pero el quinto, el desconocido que nadie había visto saltar, nadaba apaciblemente: ora flotaba, ora buceaba; a veces se dejaba llevar hacia un lado del río y otras, hacia el otro; unas veces la corriente le sumergía y otras le cambiaba el rumbo; pero el hombre seguía nadando con soltura, sorprendiendo a todos con el fabuloso estilo de sus brazadas.

Llegó a la meta y fue recibido entre vítores y aplausos. Se le concedió el primer premio y se le felicitó con calor. Pero ¿de dónde venía?, ¿a qué escuela pertenecía?, ¿cuánto tiempo se había entrenado para la prueba?, ¿cuál era su nombre? Ni siquiera los organizadores del concurso sabían nada de él. Cuando le pidieron que se identificara el hombre dijo:

-Soy un simple campesino. Iba distraído y me caí al río. Entonces, me dejé llevar por las aguas, sin poner resistencia, tratando de fundirme con la corriente y de seguir con naturalidad su curso.

Todos se quedaron perplejos, no comprendían que si los otros nadadores habían fracasado era por intentar ir contra de las aguas. Aunque los organizadores quisieron recuperar el dinero, las gentes sencillas del pueblo se negaron a ello y lograron que se lo quedara el campesino, quien no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, pero que, gracias a ese raro incidente al que nunca hallaría explicación, pudo comprarse un bote.


Ramiro Calle, Cuentos del lejano oriente